domingo, 24 de febrero de 2013

No sé cuando perdí la fe.

Había perdido la fe, en mí y en el mundo. Sólo tenía fe en ciertas cosas que a plena vista a mi mente se le antojaban imposibles. Aun así una parte de mí me decía que estas cosas se iban a realizar, que vería estos anhelos materializados.

No lo recuerdo muy bien y mucho menos sé en que momento pasó, quizá fue en ese momento en el que aprendí a conformarme con los golpes que me daba la vida: quizá en el momento en el que decidí que debía cambiar mi mundo sólo para continuar sobreviviendo, quizá en ese preciso instante en el que mi mente para salvaguardarme de las decisiones que mi corazón me hacía tomar había creado planes que quería realizar y sin embargo debido a esas infinitas dudas de no lograr lo que quería cada uno de esos planes tenía un plan de contingencia: pues bien, si no lograba sobrevivir a mi destino, no me iba a quedar parada haciendo nada, siempre había sido fácil que perdiera las esperanzas y que me cayera nuevamente al abismo del cual salía siempre: y salía siempre por el mismo hecho de no querer quedarme parada viendo como mi vida se desperdiciaba poco a poco, porque si, el tiempo pasa y no perdona a nadie: y yo conservaba la capacidad de soñar aun sin fe.

Sabía que había perdido en cierto sentido la razón y por eso, quizá sólo me atrevía a soñar: quizá porque luchaba sin perder mis objetivos de vista, quitándome la venda de mis ojos siempre. Tal vez porque no me resignaba a perder todo lo que había conseguido: mi vida no era del todo mala, quizá un poco desordenada con sólo dos cosas que iban en orden lógico: pero, ¿a quién engañaba? Mi vida nunca se había tornado de acuerdo a un orden lógico, aun cuando siempre me habían inculcado eso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario