sábado, 23 de febrero de 2013

Sin título

Quizá sea cursi, después de todo es algo que se me acaba de ocurrir pensando en lo que siento. No tiene título porque no se me ocurre nada.
No es un muchacho raro, al menos; no tanto, nada que se pudiera ver a simple vista: Tiene grandes ojos café enmarcados con unas gruesas pestañas, manos pequeñas pero pesadas, tan pesadas que no podía medir su propia fuerza y también tiene un tono en su piel que se me hacía perfecto, ese tono es cobrizo. Tiene una voz grave que está acompañada de una sutil pesadez en las palabras que dirige a quien no conoce o a quien no le interesa mucho, también tiene una risa estridente que muchas veces es fingida, pero todas estas descripciones apresuradas sobre su persona cuando está conmigo cambian: habla muchas veces con la emoción de quien disfruta una conversación con la persona con la que se siente cómodo; suelo llamarlo de muchas maneras, muchas bastante cursi a mi parecer; suelo escribirle muchos poemas, aunque la gran mayoría no se los entrego y suelo pensar en sus abrazos cuando lo tengo lejos, y muchas veces se lo repito.

Creo que lo puedo decir nuevamente, no era un muchacho raro a simple vista: a mí me gustaba llenarlo de sonrisas y sentirme un poco como una canción de Bunbury: como la chica triste que lo hacía reír; pero que va! ya no era tan triste, incluso podría decir que ya no era triste: desde que el había llegado a mi existencia, había aprendido a sonreír con el corazón y a entregar la poca ternura que había en mí: muchas veces sólo pensaba en hacerlo feliz y aún lo pienso de ese modo.

A veces lo miro y él sólo se ríe,  le hablo con cariño y tuerce en su expresión una sonrisa que es la que más me gusta, él: es mucho más de lo que cree que es, más que mi mejor amigo, más que la persona que me brindaba compañía en la vida: al menos yo lo veía como todo lo que quería, tal vez porque derretía mi corazón con sólo una mirada: y yo sólo me sentía como en una especie de pertenencia a su persona: quizás porque le entregaba todo en un instante, como una tenue llamarada de fuego.

Quizá en conclusión yo sólo soy esclava de su manera de amarme.

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